-Bueno, me iré al demonio, pero dígame, ¿cree que hay alguna posibilidad de que su mujer y la señora Kingsley se fueran juntas?
-No le entiendo.
-Es posible que mientras usted ahogaba sus penas ellas dos tuvieran una discusión, que luego se reconciliaran y lloraran la una en el hombro de la otra. Es posible también que la señora Kingsley llevara a Muriel a algún sitio. En algún coche tuvo que irse, ¿no?
Era una tontería, pero él se la tomó muy en serio.
-No, Muriel no es de las que lloran en el hombro de nadie. La hicieron incapaz de llorar. Y si le hubiera dado por hacerlo, no lo habría hecho en el hombro de esa zorra. En cuanto a lo del coche, ella tiene su Ford. No puede conducir el mío porque tiene cambiados los pedales por lo de mi pierna.
-Ha sido sólo una idea que se me ha pasado por la cabeza.
-Pues si se le pasa alguna más como ésa, déjela que siga su camino.
-Para ser un tipo que abre el corazón al primer desconocido que llega -le dije-, es usted la mar de susceptible.
Dio un paso hacia mí.
-¿Quiere ver lo susceptible que soy?
-Oiga, amigo -le dije-, estoy haciendo todo lo posible por convencerme de que es fundamentalmente una buena persona. Ayúdeme un poco, ¿quiere?