lunes, 13 de abril de 2009

Mi amigo Samuel

Retrato de Samuel Fernández
(29 x 21 cm, tinta sobre papel, 2007)



He pasado una semana en Los Altos de Burgos, en el pueblo donde nació mi padre, donde realizo los micrometrajes. Allí ha pasado también unos días mi amigo Samuel, coruñés errante que en el último año y medio a vivido en Madrid, Lanzarote y Orense, desempeñando muy diferentes trabajos, y parece que pronto empezará a trabajar en Santiago, así que poco a poco se va acercando a casa.

Hace unos trece años, allá por 1996, cuando teníamos 21 años, Samuel escribió un texto sobre mí a partir de un sueño que tuvo. Desde entonces guardo ese texto con gran cariño. Aquí lo dejo:



Mi amigo Pablo vive en una cajita de cristal sin ventanas ni aire acondicionado. Le gusta respirar su propio aliento. A veces, cuando se aburre, sale para darse una vuelta conmigo. Me invita a unas cervezas o a un litro de pacharán si está de humor. Escucha todo lo que le cuento con una sonrisa en los labios. Y me concede casi todos mis caprichos.

Pablo es una especie de diablo con un aire de figurilla de porcelana. De estas figurillas de aristócratas franceses del siglo XVIII que primero columpian a alegres doncellas a orillas de un lago de aguas cristalinas y después se las follan salvajemente.

Una sonrisa por la que se asoma un ya-te-pillaré, así es la sonrisa de mi amigo Pablo.

El otro día me llevó a caminar sobre un tejado plano y transparente. Creo que era el tejado de un museo, de una galería de arte o algo así, dentro había algunas estatuas. La ciudad parecía otra cosa desde allí arriba. Las luces, los coches, el ruido… eran tan graciosos. De repente mirabas debajo de tus pies y podías ver que el suelo de aquella casa estaba a veinte metros de distancia. Veinte metros de aire entre el suelo y aquel techo de cristal. Éramos como ángeles flotando allí arriba.

Pablo no le dio mucha importancia a esto. Se sentó en medio del tejado y se puso a mirar el cielo. Era de noche.


- Oye Samuel, si tuvieses alas, dónde te gustaría tenerlas… cómo te las imaginas…


- Pues… no sé… nunca me lo he planteado… Creo que unas alas de esas como las que le ponen a los ángeles quedarían bastante bien ¿no?


- Sí quizá… pero la verdad es que últimamente le he estado dando vueltas a la cabeza sobre este asunto y… he llegado a la conclusión de que si yo tuviese alas me gustaría tenerlas aquí en donde tengo las orejas, ¿sabes? Ahí es donde realmente quedan bien. ¿No crees que es el lugar más apropiado?... Tener unas pequeñas alitas en vez de orejas sería perfecto. Unas alas como las de las palomas… No, no, qué digo. Tendrían que ser más pequeñas… Como las de un canario. ¡Sí, eso, como las de los canarios!... Y amarillas, serían amarillas también. ¡Qué..! ¿Qué opinas?


- Bueno… Me las estoy imaginando y me gustan. Te sientan bien… te dan un aire interesante. Je, je, je…


- Oye… ¿Crees que podría volar con ellas? ¿Crees que debería intentarlo?


- Supongo que sí… Tú sí que podrías… Lo malo es que vas a tener que esperar a que te crezcan… y pueden pasar muchos años. Tal vez te mueras antes. No vivimos eternamente.


- Sí… tienes razón… Sabes, creo que he estado todo este tiempo pensando en una auténtica tontería… ¡Por Dios! ¡Cómo no lo pensé antes! ¡Me siento tan estúpido!


- ¡Vamos, Pablo, no exageres! ¡Tampoco es para tanto! ¡Yo ni siquiera me lo había planteado hasta ahora!


- Bueno… bueno… da igual. Lo único que quiero ahora es marcharme a mi casa. Necesito descansar. ¿Qué haces, te quedas?


- Sí, me voy a quedar un rato.


- Te llamo cuando me encuentre bien eh? Hasta luego.


- Hasta entonces.



Samuel en la playa de Chamín, Arteixo, A Coruña
(tinta y acuarela sobre papel, 2004)